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DÍA DE LA PATRIA

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VIERNES DE VEJENTUD.

Por Pedro F. Rivas Gutiérrez

Era dieciséis de septiembre, el día de la patria. Los tres varones mayores estrenamos los uniformes que nuestra santa y campechana madre confeccionó en su máquina Singer. Incansables las dos, la Singer y la mamá.

Todavía no nos tocaba salir a desfilar, íbamos apenas en primero, segundo y tercero de primaria. ¡Ah!, pero el desfile pasaba en nuestra calle. Desde temprano estábamos los tres en posición de firmes, afuera del zaguán, aguardando la llegada de los contingentes. Papá, cámara en mano, tomó la foto que atestigua el momento.

En aquella época no podías ver la foto de inmediato, había que esperar a que se llevara el rollo a revelar e imprimir las fotos en papel. (Así tendrán que esperar ustedes para verla, porque no la encuentro).

—¿Esperar varios días para ver una foto? —dirán los nietos— ¡Qué aburrido!

No solo eso, a veces se velaba el rollo y la foto simplemente no salía. Era lo que había, y el chiste de la vida es ser feliz con lo que se tiene a mano. Así es esto del abarrote.

Al fin llega la avanzada, tres motociclistas de la policía de Mérida conduciendo sus relucientes Harley Davidson. Los saludamos agitando las manos y diciendo: Adiós amigos.

Desde muy pequeños mi papá nos enseñó que los policías son nuestros amigos.

Hasta la fecha y a pesar de los pesares, saludo de mano a los patrulleros cuando me cruzo con ellos en la calle. Desearía, de verdad, que fueran mis amigos.

Van pasando los contingentes escolares con sus respectivas bandas de guerra y escoltas, cuyas banderas saludamos con respeto. Y de pronto aparece nuestra escuela, la Orlando Cortés. ¡Qué emoción!

Su banda de guerra es para nosotros la más sonora y acoplada. La escolta trae la bandera más bonita del desfile, a la que saludamos con especial cariño y orgullo. Y el contingente es desde luego el más marcial. Ahí están los primos Juan y Carlos. Ellos muy serios, en lo suyo, y nosotros echándoles porras.

Después de las escuelas, los policías. Los de la ciudad, nuestros amigos, de café oscuro y caqui. Los del estado, no tan amigos, de uniforme gris.
Y para cerrar el desfile, los soldados. Para nosotros no eran “el ejército”, eran “los soldados”.

Gente de fuera, de otra dimensión, los héroes de la patria a los que había que contemplar de lejos, en silencio y con el respeto que se profesa a los mayores.

Probablemente muchos de mis contemporáneos no compartan mis percepciones de aquellos momentos. Cada cabeza es un mundo y todas las visiones son respetables, Yo me limito a contar lo que viví, no puedo hacer otra cosa.

Así fue aquel desfile del día de la patria, que recuerdo hoy en otro día de la patria.

PFRG

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