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EL SANTO EXCREMENTO

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Por Jorge Álvarez Rendón

Ahora sólo recuerdo que se apellidaba Urcelay. Conmigo y un tal Camacho formaba el trío de niños en la cofradía de los Hermanos del Santísimo Sacramento en la Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Mérida. Nuestras edades iban entre los once y los trece años.

Nuestro primer deber era ser piadosos, porque –nos decían- había otros niños que al vernos pasar con nuestras hopas rojas nos relacionaban con la religión y sus dogmas. Éramos ejemplares, pues.

Camacho y yo intentábamos ser piadosos, aunque, a veces, nos ganara el afán de festejo propio de la infancia, pero el tal Urcelay era un bromista incorregible, el duende de las travesuras.

Uno de nuestros deberes era repartir las velas a los socios de la cofradía antes de las procesiones con el Santísimo Sacramento. Las velas estaban insertadas en un aro de metal para evitar que la cera derretida cayese en el piso marmoleado del templo.

Pues bien, el tal Urcelay invertía algunas velas en aquel aro, de manera que algunas señoras las recibían de cabeza y era cosa de risa observarlas en busca del pabilo cuando pasaba el sacristán que las prendía.

Urcelay fue quien puso un sapo en el bonete morado – era monseñor – del padre Arias Luján minutos antes que subiera al púlpito a predicar, un domingo de adviento, el placer de los pastores ante el inminente arribo del Mesías prometido.

Pero la mejor broma de Urcelay tuvo lugar un domingo de Ramos, festividad muy vistosa en aquellos años antes del Concilio del que se derivaron tantos cambios en la liturgia. La Catedral rebosaba de fieles desde las nueve de la mañana, palmas y más palmas pasaban de mano en mano, el coro del seminario cantaba apoyado por el órgano tubular.

Los tres niños de la Cofradía teníamos el privilegio de jalar el burrito con Jesús, ambos de porcelana, en la magna procesión por las naves catedralicias. Nos precedían los hermanos adultos y cuatro acólitos con velas. Muy adelante, el padre Uribe, calvo y muy serio, iniciaba la marcha.

No lo van a creer, pero uno de esos domingos de Ramos, creo que el de 1957, Urcelay salió a la calle 61, tomó del adoquín un poco de excremento seco de alguna mula de las calesas que ahí se paraban en busca de clientela y al punto regresó con nosotros, que ya aguardábamos el inicio de la procesión.

-Miren – nos dijo Urcelay al tiempo que nos mostraba el excremento envuelto en un papel de estraza – Voy a engañar a las mestizas que se acerquen al burrito…

Y así lo hizo. El gentío que esperaba el paso del burrito con Jesús a cuestas era para impresionar. Gentes venidas de todos los pueblos en busca de la vara de huano tenían la costumbre de untar sus pañuelos o sus hojas de ruda en el cuerpo del borriquito. Ese detalle hacia más lento el avance de la procesión.

Pues bien, aquel año, Urcelay fue dejando caer pedazos del excremento detrás de nuestro paso y el mismo se encargaba de alentar a las piadosas mujeres:

-¿Ya vieron? El burrito está “haciendo popó”…

Y no faltaban algunas creyentes que se inclinaban a recoger aquellos “santos fragmentos” y los envolvían en sus pañuelos como reliquia digna de ser atesorada.

Afortunadamente, el padre deán de la Catedral nunca se enteró de esta travesura, pues nadie nos hubiese salvado de una reprimenda. El padre Loría Rosado era un santo, pero estricto.

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