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“El zopilote”

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Por Sergio Grosjean

Regresando a nuestras crónicas de las esquinas de Mérida, insertas en nuestro nuevo libro “Calles, esquinas y arcos de Mérida”, hoy citaremos la leyenda de una de ellas no muy conocida.

Está crónica no la conocía y me llamó mucho la atención, la cual reproduzco como como la escribió José Hernández Fajardo en 1953, y más adelante Julio Amer quien la retoma, y ambos citan ¿leyenda o tiene su parte de realidad?. No lo sabemos, lo que si sabemos es que la esquina lleva el nombre de este este animal, voz que proviene del náhuatl tzopilotl.

En el cruzamiento de las calles 65 con 70 habitó un misterioso personaje, don Íñigo de Arzate Pantoja y Peñaloza, nativo de Andalucía, ex marino y ex militar, de espíritu aventurero, que había recorrido “los siete mares” y del que se contaban las cosas más extrañas.

Cuenta la leyenda que don Íñigo tenía unos 50 y tantos años, siempre vestía de negro y poseía un semblante poco agradable, encorvado, con una gran nariz aguileña, ojos negros de penetrante mirada, abundante barba y bigotes puntiagudos, era sujeto solitario, no tenía familia y se le veía poco, sobre todo en horas del día, pues las pocas veces que se dejaba ver, era ya cuando la penumbra empezaba a cubrir con su tétrico manto las empedradas y polvorientas calles de la Mérida colonial, ya que como recordaremos, en aquellos tiempos la ciudad no había sido adoquinada, y estas eran alumbradas tenuemente con la débil luz de faroles alimentados con aceite de higuerilla.

Las pocas personas que habían logrado conversar con don Íñigo, como el tendero de una esquina cercana o el tabernero de una cantina a unos pocos pasos de donde vivía, contaban que el insólito personaje les había narrado algunas de sus aventuras y travesías en lejanos lugares, principalmente en Sudamérica e islas del Pacífico.

En una ocasión, les contó que estuvo en la milicia que combatió en el Perú (en 1781) el levantamiento encabezado por el caudillo Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui), descendiente del último emperador inca Atahualpa. La crueldad de los españoles contra los alzados fue inaudita e incluso usaban perros mastines para despedazar a los prisioneros, mientras que a otros los quemaban vivos en hogueras después de someterlos a terrible tormentos.

Según los testigos, cuando narraba estos pasajes de su azarosa vida en el virreinato del Perú, parecían brillarle los ojos de satisfacción cuando contaba que había matado con sus propias manos a muchos de esos indios rebeldes.

De igual forma le contó al tabernero y tendero que durante uno de sus viajes los sorprendió un tifón en medio del océano, por lo que después de estar varios días a la deriva, ya que el mástil y velas se habían hecho pedazos, finalmente su nave zozobró frente a Nueva Guinea, donde tuvo que pasar cerca de dos años para poder reconstruir el buque y volver a América.

Durante su estancia en esa exótica isla de pacífico convivió con caníbales e incluso tuvo que practicar la antropofagia para seguir las costumbres de los naturales, pues corría el peligro de que, al no hacerlo pudo haber sido devorado por los salvajes papúes.

Pero lo tétrico de esta historia, que no contó don Íñigo y que luego los vecinos harían del conocimiento de los habitantes de la Mérida de esos años, es que el ex marinero andaluz, al dejar Cusco, donde vivía en sus tiempos en la milicia, un brujo inca le había regalado un polluelo de cóndor o buitre, el cual, le aseguró, que sólo se alimentaba de carne humana. Y es así como don Íñigo, durante la matanza de indios incas, daba los restos de éstos a comer a su ya desarrollado cóndor, el cual llevaba a todos sus viajes por mar.

Se dice que durante su aventura en Nueva Guinea, don Íñigo le cogió gusto a la carne humana y fue así que a su retorno al Nuevo Mundo. Viviendo en Mérida, su apetito antropofágico no cesó como tampoco el de su inseparable “mascota”, que se dice que era una gigantesca ave de una envergadura de alrededor de cuatro metros con las alas extendidas, capaz de levantar en vuelo a una vaquilla, incluso a un ser humano de poco peso.
La historia cuenta que un día comenzaron a desaparecer algunos niños de Mérida que salían a la calle a jugar cuando ya era de tarde y el sol estaba ocultándose.

Los testigos señalaban que los infantes, como por arte de magia desaparecían, porque incluso madres que salían con sus pequeños denunciaban ante las autoridades que en un breve descuido sus vástagos se esfumaban, a tiempo que veían una gigantesca sombra y escuchaban un aleteo, aunque no lograban ver qué era lo que lo producía.

La gente del rumbo de las ahora calles 70 por 65 empezó a sospechar del extraño vecino al que sólo se le veía algunas veces por las noches, además, los vecinos señalaban que por las noches escuchaban los espantosos graznidos de un ave, y fue algún atrevido o valiente que logró acechar por la barda de la amurallada casa de don Íñigo que pudo confirmar que un pájaro horrible que estaba dentro de una jaula era el que producía esos escalofriantes ruidos y que el diabólico ave de rapiña devoraba una extremidad que parecía ser de un ser humano de pequeña talla, tal vez un niño. Obviamente todos lo tildaron de loco.

Se hizo la denuncia ante la autoridad pero ésta, incrédula, hizo poco caso y eso dio tiempo a que don Íñigo, que ya se había enterado de las sospechas de los vecinos, una noche de noviembre bajo torrencial aguacero, se subiera a su carruaje llevando consigo la jaula con el cóndor, y desapareciera para siempre con rumbo desconocido

Transcurrido los años y la casa en total abandono, la autoridad expropió el inmueble y decidió derribarlo para construir otra edificación y fue cuando entonces, al estar haciendo los nuevos cimientos, hallaron osamentas enterradas en el patio.

Con pavor pudieron comprobar que esas osamentas pertenecían a niños, por lo que tristemente llegaron a la conclusión que eran de esos pequeños desaparecidos años antes y de los que nunca se supo nada más.

Fue entonces que nació la tenebrosa leyenda de la esquina de “El Zopilote”, de la que se cuenta que sobrevolaba por las noches en busca de sus pequeñas presas humanas, las cuales levantaba con sus poderosas garras y pico, las llevaba a casa de su amo, en donde eran asesinadas, descuartizadas y devoradas en un festín por ambos..

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