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Fuentes sagradas en Yucatán pero también en China y todos los rincones planetarios,

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Por Jorge Franco

El agua es el elemento de la vida. Sin lluvia no hay tierra fértil; sin agua, ninguna posibilidad de sobrevivir.

No es extraño que los seres humanos, como sucedió con los mayas por toda la Península de Yucatán hacia los cenotes y las aguadas, hayan profesado un profundo respeto y una gran devoción por el agua en todas sus manifestaciones.

Sin lugar a dudas, un elemento que conserva la vida y que incluso la genera, tiene que encerrar un misterioso poder curativo y incuestionable aliento vivificador. Por ello, se creía desde tiempos ancestrales que el agua podía absorber males, llevárselos bajo tierra e, incluso, alejarlos por aire de los seres vivos. En esta creencia reside el origen de las fuentes salubres y vitales de todo el planeta.

Del mismo modo que la suciedad exterior se lava con agua, el agua también puede servir, en virtud de sus misteriosas fuerzas intrínsecas, para la purificación ceremonial. Sabemos cómo sucedía eso en los enormes cenotes de la península de Yucatán, como Chichén Itzá.

A decir verdad, el santuario termal más antiguo que se conoce se descubrió cerca de Jericó en Palestina y se remonta al período que media entre 8000 y 5000 a. de C.. No hay duda que las fuentes sagradas son hábitad de los Dioses acá en Yucatán pero también en China y todos los rincones planetarios.

Herodoto fue, en el siglo V a. de C., el fundador de la historiografía griega. En numerosos viajes por Egipto, Babilonia, Italia, África y la costa septentrional del mar Negro, estudió la vida de las distintas poblaciones, y en sus obras compuso una descripción completa de los hábitos y costumbres de los habitantes de aquellas regiones. No dejo de nado nada concerniente a las fuentes sagradas.

Así, por ejemplo, indicó que entre los egipcios y los persas el agua era absolutamente sagrada. Impresionante para ellos era, especialmente, la vivacidad del agua, que continuamente cambiaba de apariencia, entre apacible y terrorífica, mismo por lo que se decía que estaba habitada por Dioses y demonios.

Poderosos Dioses gobernaban el mar, y los lagos y ríos tenían sus propios dioses en todo los continentes. Según el mismo Herodoto (alrededor de 485-425 a.de C.), en Egipto nadie, salvo el sacerdote, podía tocar el cadáver de un ahogado. A este le regalaban un espléndido funeral, pues el ahogado representaba la deidad de la fertilidad que se alberga en el agua.

Dejáme decirte, para concluir este artículo que, sobre el lago termal bíblico de Betesda, en cuya orilla esperaban los enfermos para curarse, descendió un Ángel de Dios para mover las aguas. El primer humano en meterse en el lago después de la visita del mensajero del Cielo, sanó milagrosamente de su enfermedad. —

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